La entrega anónima

Después de largas jornadas de almacén durante casi veinte días preparando las cajas y cestas de más de 3.800 familias, hemos tenido la oportunidad de ayudar un poco más a las 100 más necesitadas.

Quieres llegar a más gente, llevarles más cosas, no dejarte nada, porque sabes que no las tienen y las necesitan de verdad.

Pues como si de una entrevista de trabajo se tratara marqué su número; me cogió al segundo tono y comenzamos a charlar. No nos estábamos examinando, no nos jugábamos nada, el tono suave y la conversación fluida. Es difícil preguntar determinadas cosas a alguien que no conoces, y más con la frialdad del teléfono, pero es muy importante obtener todos los detalles para poder acertar.

Dos gemelos de ocho años y otro peque de seis no eran conscientes de que su madre y yo acabamos de intimar. En quince minutos, y, a la velocidad que yo hablo sabéis que el tiempo cunde mucho, tenía un esquema de lo que quería encontrar, de lo que les gustaba, sus tallas, color favorito, juguetes soñados, chocolate preferido…

Recorrimos el almacén unas cinco veces; la primera vuelta rellenando la cesta de alimentos, ésta es la más fácil. Nos quedó divina pero no podíamos con ella. La segunda para elegir un par de conjuntos de ropa para Fabianna, su marido y sus tres niños. Zapatillas para todos, a estrenar que les van a encantar, un set de limpieza que ahora es vital, un montón de material escolar que quedan dos trimestres y a los niños les encanta pintar….

Las otras tres vueltas son las mejores, en la zona de juguetes, era como si fuéramos niñas por un rato y nos dejaran elegir lo que quisiéramos del escaparate. Agradezco que mi segundo hijo sea chico y que Mar tiene otros dos, aunque ya mayores, para saber elegir. ¡Qué malo es Darth Vader! y ¡cómo molan sus muñecos!

Con la súper-cesta, dos cajas de comida básica de apoyo, y cuatro cajas con todo embalado, cargamos la furgoneta. Están cerca, pero vuelvo a llamar a para asegurar que están en casa. Nos esperan, sí.

Al llegar bajaron a recibirnos y ayudarnos, menos mal que vino Andrei, que puede con todo, porque era un cuarto sin ascensor. Detrás de la puerta los tres peques enfundados en pijamas, de esos de una pieza, muy calentitos. Nos miraban expectantes cómo descargábamos en su casa, casi invadiendo su tranquilidad. Nos hicimos una foto de recuerdo y les dejamos para que disfrutaran el momento en familia.

De vuelta al almacén para cerrar por hoy y a casa que ha sido una jornada larga e intensa.

No me había quitado las deportivas cuando recibí un whatsapp, era de Fabianna, totalmente personal y no lo voy a compartir. En ese momento fui consciente de que yo sí me había jugado mucho, en realidad me había presentado a una entrevista y por el contenido del mensaje sé que hubiera sido seleccionada para el trabajo. Porque esta vez, como con tantas otras familias lo hemos hecho bien, como se merecen y con todo el cariño del mundo. La entrega anónima no puede ser más personal.

Ana Azáceta

  

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