El artículo de Juan Antonio Corbalán

El bien elegido

El hombre como especie y la humanidad, su consecuencia, afrontó desde el neolítico, un reto que desconocía, que cambiaría su vida y que le dio de alguna manera la supremacía sobre otros hominidos que quedaron en etapas anteriores del desarrollo social. La complejidad de la convivencia hizo que las áreas geográficas más precoces en formar sociedades complejas, obligadas a interactuar entre sus miembros, acabaran por dominar el mundo.

Ese dominio fue la consecuencia del desarrollo de la inteligencia y de otras habilidades, sociales, que introdujeron el interés por el resto de los miembros de nuestra comunidad. De toda esa interacción surgió la riqueza y la posibilidad de redistribuirla aunque eso fue una tarea más tardía e inalcanzada en la actualidad. Una de esas actividades de la vida en común fue la competitividad. De esa manera, aquellos más fuertes, más valientes o más capaces acabaron dominando las sociedades y rápidamente la humanidad paso de iguales a amos y esclavos.

Hoy en día esta inercia lejos de diluirse se ha acrecentado con el paso de los años. Se podría entender que a más riqueza generada más fácil sería repartirla y más habría para todos, pero lejos de ello el sistema capitalista ha implantado una selección natural basada en esa riqueza de manera que ésta se concentra cada vez en menos manos y cada vez hay en el mundo más personas necesitadas, no sólo en el llamado tercer mundo si no en el núcleo que lo que llamamos sociedad del bienestar, que en realidad sería “el bienestar de cada vez menos”.

Hemos inventado, eso sí, multitud de organismos oficiales que nos recuerdan esa paradoja del mal reparto de la riqueza, del alimento, del agua, de la paz, del bienestar, de la salud y un interminable etc que nos debe sonrojar a todos. Estas organizaciones rivalizan por amasar medios económicos extraídos de los presupuestos públicos o privados internacionales, pero parece que cuantas más organizaciones de estas características existen más personas necesitadas las llevan al límite de sus capacidades. Tienen que llegar lejos y a tantas personas que parece que todo recurso se pierde en el camino y la estructura humana y material que se precisa.

¿Hemos contado cuantas de esas organizaciones hay? ¿Qué pasaría si sólo hubiese una? ¿Quién estaría dispuesto a entender sus decisiones como vinculantes con alcance global? Estas preguntas nunca tendrán respuesta porque, en definitiva, lejos de cooperar, la competencia entre ellas les hace parcelar un problema, repartirse territorios,  les da de comer a todos y les permite mantener sus estructuras, a veces sobredimensionadas.

En la película “El Jardinero fiel“, se pone en evidencia parte de lo que estamos hablando como la miseria de millones de personas supone el éxito financiero de las grandes multinacionales. Este es el resumen de su sinopsis.

Durante la misma, dentro de un todoterreno, la protagonista, una joven médico romántica y comprometida, pide ayudar a una niña que debe llevar andando a su hermanita, recién nacida, a su lejana aldea, después que la madre muriera en el parto, bajo una gran tormenta. Su acompañante, un diplomático inglés, razona que hay millones de personas necesitadas y que ya hay organizaciones que se ocupan de ayudar a esas personas. Ante la negativa de su acompañante, ella le contesta: sí pero a ellas las podemos ayudar nosotros.

Esta escena refleja que todo acto de ayuda a los demás tiene cara y ojos, no son argumentos financieros o proyectos, son personas y nosotros tenemos que decidir si queremos ayudarles o dejar que se encarguen los canales oficiales pertinentes. Quizás el cínico concepto de la caridad es lo que ha elegido nuestro sistema para lavar las conciencias de los que son incapaces de entender la justicia, de practicarla y de acabar con la desigualdad social de un capitalismo imperante, mal entendido, exento de virtud y componente social.

Por fortuna, entre nosotros, también con cara y ojos, surgen iniciativas que quieren vivir próximos a esas necesidades y carencias que tantas víctimas sufren a nuestro lado. Vidas que carecen de lo mínimo para sentirse personas dignas.  Por fortuna, algunos pueden no saber luchar contra el sistema pero quieren apartarse de él compensando el daño que éste provoca.

No es tan importante el objeto de una organización como Avanza ONG, habrá otras, pero si son importantes las inquietudes de  Paloma y Alberto Ascaso. Detrás de su actitud queda un surco en el que cabemos otros menos propositivos pero que entendemos que ayudar es dar dignidad a más personas.

El altruismo es una pequeña vacuna que no erradicará la desigualdad y la injusticia, ya que son metas inalcanzables, pero contribuirá a mitigarlas al hacernos sentir que desde cualquier plano de la sociedad podemos pensar en los demás y mejorar las vidas de aquellos menos favorecidos en una lotería  que sortea vida o muerte, riqueza o pobreza, bienestar o miseria, oportunidades o frustraciones, salud o enfermedad. Tendríamos que hacer del altruismo un hábito que nos acompañara siempre.

Gracias Paloma y Alberto por dejarnos hacernos dignos a través de vosotros y de Avanza ONG. Mejora la vida de las personas pero ayuda a dar más sentido a las nuestras.

 

Juan A. Corbalán

Para Avanza ONG

Abril de 2020

 

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